Las velas de parafina que conocemos hoy tuvieron su origen en las velas de sebo y grasa de distintos animales. Estas representaron un importante avance frente a las lámparas de aceite de origen romano, delicadas de mover por su combustible líquido. El problema de las velas de sebo era el olor desagradable de su combustión.
En el siglo XVI las tropas del rey Fernando el Católico conquistaron las plazas norteafricanas de Orán y de Bujía, en lo que hoy es Argelia. Y en Bujía encontraron que se fabricaban velas de cera de abeja que no despedían olor alguno, una gran ventaja sobre las de sebo. A partir de ahí las velas de Bujía pasaron a ser velas de lujo y progresivamente las velas de Bujía pasaron a ser simplemente ‘bujías’; acababa de nacer un nuevo término castellano con una larga vida por delante.
En portugués las bujías del motor son las velas, en italiano la bujía es la candela, es decir la vela, y en francés adoptaron también la bougie, manteniendo la chandelle para las velas de alumbrar.
En los primeros motores de explosión la combustión de la mezcla se iniciaba con una varilla incandescente que para arrancar se calentaba desde fuera y que luego las sucesivas combustiones la mantenían al rojo. En francés era el brûleur (quemador) y en español el mechero.
El paso siguiente fue producir una chispa eléctrica de alta tensión que dentro de la cámara de combustión al final de la carrera de compresión, haciendo así posible el arranque del motor sin ayuda externa a la combustión.
En el libro L’automobile théorique et pratique de Baudry de Saunier, editado en París en 1901, se describe un tipo primitivo de bujía inventada por la marca Mors, que denominaba inflammateur.

En la descripción de la patente española nº 28.565 “Motor perfeccionado de petróleo para automóviles” registrada en septiembre de 1901 por Marcos Birkigt, futuro director técnico de La Hispano Suiza, leemos: “una chispa eléctrica salta entre los hilos de la bugía y determina la inflamación de la mezcla”. Sin duda la bujía de cera era lo más cercano a la función de encendido por chispa de los motores, por lo que rápidamente se adoptó su nombre como bujía de encendido, pronto simplificado a bujía.
El nuevo encendido por magne-to y bujías se presentó en el Salón de París de 1903 y a partir de ese año conseguiría la adop-ción progresiva por parte de las distintas marcas.
En el Tratado práctico de automóviles de Ortega y Goytre editado en Madrid en 1905, se habla de las bugías como de algo perfectamente conocido en el mundo del automóvil.
En el lenguaje técnico inglés se designó el nuevo elemento del motor muy correctamente como sparking plug, luego abreviado a spark plug, literalmente “tapón o enchufe que chispea”.
Si no fuera por Fernando el Católico, el nombre correcto castellano de este dispositivo que produce chispas tendría que haber sido chispógeno.
© Copyright: Manuel Lage (presidente C.T. ASEPA ‘Observatorio de Términos de Automoción’)
