El biogás es un vector energético que permite transformar esta amenaza en una oportunidad, convirtiendo residuos en energía renovable. Oriol Echebarría en elperiodicodearagon.com.
La reciente escalada de tensión en Oriente Medio y el impacto de la guerra en Irán han vuelto a poner en jaque a los mercados energéticos internacionales. En este contexto de creciente inestabilidad geopolítica, el precio del gas se ha disparado, superando los 52 euros por megavatio hora en el mercado TTF de referencia en Europa, situado en los Países Bajos. Esta evolución refleja, una vez más, la vulnerabilidad de un sistema energético expuesto a conflictos en regiones clave para el suministro global.
España no es ajena a esta volatilidad. Pese a los avances en energías renovables, el país mantiene una elevada dependencia de las importaciones de gas, lo que la expone directamente a crisis externas. Según datos de Enagás, Estados Unidos concentra cerca del 40% del suministro gasista, seguido de Argelia con en torno al 30%, lo que evidencia una fuerte dependencia de factores externos.
En este contexto, avanzar hacia una mayor autonomía energética pasa necesariamente por aprovechar recursos disponibles en el propio territorio. Aragón, con un fuerte peso del sector agroganadero, cuenta con un importante potencial en este ámbito. El crecimiento de esta actividad ha convertido la gestión de los residuos derivados en uno de sus principales desafíos ambientales, pero también abre la puerta a nuevas oportunidades.
El biogás es un vector energético que permite transformar esta amenaza en una oportunidad, convirtiendo residuos en energía renovable en forma de biometano y en fertilizantes orgánicos para el sector agrícola. Sin embargo, su desarrollo en España sigue siendo limitado. Actualmente, en el país operan alrededor de 15 instalaciones de biometano y en Aragón cerca de 60 proyectos están en tramitación, cifras aún muy modestas en comparación con otros estados miembro como Alemania, Francia, Dinamarca o Italia, donde esta tecnología está plenamente consolidada.
En el debate público surgen con frecuencia dudas sobre el impacto de estas instalaciones. Sin embargo, la experiencia europea demuestra que los proyectos bien diseñados no solo minimizan afecciones, sino que resuelven problemas existentes: reducen olores, protegen suelos y acuíferos y mejoran la gestión de residuos.
Además, las plantas de biogás funcionan como auténticas factorías de energía y recursos. A partir de purines y residuos agroalimentarios generan gas renovable que puede inyectarse en la infraestructura actual, sustituyendo al gas de origen fósil, al tiempo que producen digestato y fertilizantes orgánicos para la agricultura. A ello se suma su impacto económico: generan empleo estable, cualificado y valor económico para el territorio.
En un contexto internacional marcado por la incertidumbre energética, apostar por el biogás no es solo una decisión ambiental u económica, sino también estratégica. Convertir residuos en energía renovable permite fortalecer la economía rural, reducir la dependencia exterior y avanzar hacia un sistema energético más seguro, sostenible y arraigado al territorio.
